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Omar Villalba - Déjate dividir y te vencerán

Hay un adagio popular, atribuido a Napoleón Bonaparte, que reza lo siguiente: “divide y vencerás”. Esa es una excelente estrategia para el campo de batalla, y que se puede extrapolar a cualquier escenario conflictivo. Cuando tienes el control del campo de batalla, eres más fuerte, pero no tienes tantas tropas (o en algunos casos tienes muchas, pero no deseas asumir ni una perdida) la mejor forma de acabar con un enemigo es dividiéndolos.

Separados, sin comunicación, sin un orden evidente el enemigo se dispersa frente a tus hombres, y puedes ir eliminándolos de uno en uno. Como ya se acotó, las perdidas serán pocas y las ganancias serán muy altas. Esto último, es muy importantes para cualquier empresa humana ¿Quién no quiere invertir o sacrificar poco y ganar mucho? La respuesta: un tonto. Es evidente, que en la naturaleza humana, o tal vez es algo propio de nuestra cultura, se busca el máximo goce con el mínimo dolor.

Dividir al enemigo a veces es complicado, requiere una inversión de diferentes recursos, siendo el tiempo el más valioso. Pero, cuando esta estrategia rinde frutos las ganancias son de verdad sustanciosas. Desde el punto de vista histórico, esta táctica es muy célebre, pues llevarla a cabo requiere de una astucia pasmosa, y como no, la capacidad de estar varios pasos por delante del adversario. Grandes guerreros han sido celebres por el uso de esta táctica: Alejandro Magno era uno de ellos, Gengis Khan fue otro, este se valía de una falsa retirada para dividir al enemigo. Y, sin duda todos aquellos que han seguido los lineamientos de Sun Tzu, expresados en el Arte de la Guerra.

Supongo, que a esta altura del escrito estarán preguntándose por la razón de este preámbulo histórico. Por el uso de estas metáforas y el sentido tras ellas. Muchos dirán ¿De qué está hablando? y otros pensaran ¿Qué tiene que ver la historia, la guerra con la política? La respuesta, es sencilla y ligeramente larga. Primero es necesario acotar que Clausewitz no estaba desencaminado cuando dijo que la Guerra era la política con otros medios; o Mao Zedong cuando señaló que la Guerra es una política pero sangrienta. Y dado que política y guerra son hermanas, muchos consejos realizados con una en mente, pueden surtir para la otra, especialmente si quien lee o escucha el consejo tiene la capacidad para abstraer y captar el mensaje de fondo.

Dividir y vencer tiene su expresión en el mundo de la política. No es raro, que en una campaña electoral, un partido político trate de sembrar la discordia entre los miembros y militantes de otro partido para reducir la amenaza que representan. Con eso, sería capaz de alcanzar un objetivo que se percibía inaccesible contra un adversario unitario y sin fisuras. También, se puede quebrantar a un partido, de tal forma que decepcione a sus militantes y estos deserten. Los fugados pueden verse atraído por el partido rompedor, el cual crecerá y verá como su poder potencial aumenta significativamente y con ello la posibilidad de establecer su hegemonía.

Algunos dirán que estas actitudes son deleznables, pero resulta que la política tiene una dinámica y ética diferente. En este mundo, se desea lo mejor y se trata de alcanzar con las herramientas y los talentos que se poseen. Hasta cierto punto hay una ética diferente, que posee ciertos límites.

Volviendo al punto inicial, dividir al adversario no es nada inusual en el mundo político. Y, como se celebra la capacidad para restarle al otro, también se hace lo mismo con la capacidad de resistir. Un partido, grupo u organización que es capaz de sellar sus fisuras, ya sean naturales o creadas por el adversario, demuestra cierta entereza y una disposición a persistir a través del tiempo a pesar del entorno hostil. El rompedor es astuto, y el que resiste, cual espartano, es más fuerte porque ha sido capaz de sobreponerse a sus defectos y debilidades.

Ahora ¿Saben cuándo toda esta dinámica es vergonzosa? Cuando tu propia organización da pie para que el adversario siempre la cizaña que dará como resultado la escisión del partido. Allí el adversario no tiene que ser astuto, y el dividido no será celebrado por su resistencia —aunque esta haya fallado— sino que serán recordados como unos tontos que dieron pie a su propia destrucción ¡Vieron la Espada de Damocles que pendía sobre ellos y se sentaron cómodamente a beber y descansar!

En la actualidad, la Mesa de la Unidad Democrática transita por un momento similar. Las diferencias en su seno, a raíz de los resultados del quehacer político del 2016, los intereses de algunos actores políticos y el ala radical han exacerbado las fracturas dentro de este ente. En estos momentos los dirigentes de la UNIDAD se han lanzado por una espiral de luchas intestinas que, tarde que temprano, y me temo que más temprano llevaran al desmembramiento de la UNIDAD. Separación que solo beneficiaría al Gobierno, y que sepultaría las esperanzas del pueblo “opositor” hasta la próxima década, siendo optimistas.

De concretarse este fraccionamiento, cada partido estaría a la buena de Dios, y la Revolución podría dar cuenta de ellos con facilidad. Esto gracias a que cada uno de ellos estaría gastando sus recursos en una lucha contra el Gobierno y sus otrora compañeros de senda política. Luego, vendrían los sempiternos dimes y diretes, cargados de potentes señalamientos.

En resumen, la oposición en este momento podría estar cavando su tumba y con ello dándole cristiana sepultura a la nueva Venezuela. A una república de transición, a una nación del cambio y buen gobierno, más justa, social y verdaderamente inclusiva; todo por los intereses personales de algunos personajes y su incapacidad de poner el bienestar de todos los venezolanos por el encima de los propios.

Ante esta situación, yo exhorto a mis compañeros de lucha, a mis hermanos de camino a que desistan de esas ideas, cualquier diferencia puede ser solventada por el diálogo. Hemos dado un salto cuántico en el terreno de la política, gracias a una elecciones —Diciembre del 2015— pasamos de ser una fuerza a la sombra del Chavismo, para ser un verdadero peligro. Gracias al diálogo, o el experimento de diálogo, hemos logrado que el Gobierno nos reconozca como una fuerza, hemos logrado que la comunidad internacional preste atención a lo que ocurre en Venezuela, se han liberado a presos políticos, que de otra forma seguirían en la oscuridad de sus celdas. En poco tiempo, y a través de la negociación y la presión en la calle, se logró más que en año de marchas, guarimbas y fast tracks; y ahora todo eso corre el riesgo de irse al garete. No es el momento para luchar entre nosotros, es el momento para capitalizar fuerzas y volvernos contra el tirano.

Por eso yo los conmino, especialmente al ciudadano, llamar la atención a sus dirigentes. Les pidan, como los verdaderos soberano, dejar esas peleas intestinas, fijen su objetivos, establezcan cuales son las prioridad y cuales son los compromisos —se deshagan de aquellos que no se acojan a ellos, pues el que no quiera lavar, ni tampoco prestar la batea está de más— y luego a exigir elecciones regionales, a no levantarse de la mesa del diálogo y a continuar la presión de calle. El que no quiera ir que no vaya, eso sí, cuando Venezuela sea libre, cuando las condiciones mejoren, deben recordar que ellos se bajaron del tren. Ya esa nueva Venezuela no tendrá ni su sangre, ni su sudor… porque ellos prefirieron aportar por la deserción y la derrota.

Somos un pueblo fuerte, somos un pueblo poderoso, pero lo somos y seremos mientras estemos UNIDOS.

UNIDAD, UNIDAD y MAS UNIDAD.

Omar Villalba

 

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